Inconsciencia fiscal

Artícle d’Antoni Durán-Sindreu, membre del comitè directiu  d’Units per Avançar, publicat en el diari Expansión el dia 16 d’abril de 2021.

 

INCONSCIENCIA FISCAL

Les he de confesar que he perdido toda mi fe en un sistema tributario justo. Me explico. La Constitución, como sabemos, nos obliga a contribuir al sostenimiento de los gastos públicos. Esto significa que, sin gasto público, los impuestos no existirían. Les parecerá una simpleza, pero no lo es si consideramos que el gasto es el punto de partida.

No se trata de no gastar, sino de hacerlo de forma equitativa, eficiente, eficaz, transparente y ejemplar. Y un país que incumple su propia normativa presupuestaria, con un déficit estructural de más de una década, con un volumen de deuda muy superior al establecido, y que es incapaz, por insolvente, de aprobar ayudas directas para cubrir los costes de las empresas que al inicio de la pandemia eran solventes y que hoy están al límite de la insolvencia y/o de su viabilidad, es un país que ha fracasado en su política presupuestaria.

Dudo, pues, que los impuestos que se nos exigen sean justos, porque una parte de éstos son para cubrir la ineficiencia de nuestra clase política, el gasto clientelar, el superfluo y las duplicidades de un Estado sobredimensionado. Pero no. El problema no es la imperiosa necesidad de revisar las políticas de gasto. Hay que subir los impuestos. Poco importa que la inseguridad jurídica impida la necesaria certeza en el cumplimiento de la ley y suscite conflictividad. Recordemos, si no, los 12.763 millones de euros que en 2018 figuran como deudas tributarias suspendidas por recursos interpuestos por los contribuyentes.

No se dice tampoco que estamos entre los cinco países de la OCDE con mayor esfuerzo fiscal, o que somos uno de los más destacados en presión fiscal sobre el trabajo. Se olvida también que los privilegios fiscales (regímenes especiales, tipos reducidos, bonificaciones, e incentivos) lastran nuestra recaudación; privilegios, por cierto, cuya eficacia ha sido puesta en duda por la AIREF. La propia UE ha recomendado a España la revisión de los tipos reducidos y superreducidos en el IVA. Pero claro, el problema es el fraude fiscal. Los ricos. Los empresarios. No nos dicen, sin embargo, que, según datos de la propia UE, España figura entre los Top Ten de menor fraude en el IVA.

Para quien nos gobierna, la prioridad parece ser la armonización del Impuesto sobre el Patrimonio y/o del Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones.

Lo que realmente se paga

Para anestesiarnos bien, se evita visualizar los impuestos, esto es, que seamos conscientes de lo que cada uno de nosotros paga. No interesa. Sería el fin de la actual clase política. Por ello, el sistema está inteligentemente diseñado para que no percibamos nuestro esfuerzo fiscal. La clave está en trocear los impuestos, diluirlos con el precio de lo que pagamos al comprar, camuflarlos en los ininteligibles recibos por suministros, y en la figura del retenedor que, tal y como está diseñada, impide al verdadero contribuyente percibir lo que realmente paga de impuestos.

El tema viene de lejos. Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), jurista, economista y ministro del Rey Luis XIV de Francia, ya señaló en su momento que “el arte de la imposición consiste en desplumar un ganso para obtener el mayor número de plumas posibles con el menor griterío posible”. Puviani, lo definió como “ilusión financiera”. Y yo, como “inconsciencia fiscal”. La prueba de ello es que, a la menor “visibilidad”, la reacción es fulminante. Este es el caso del Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, la plusvalía municipal, o el IBI; tributos que sí se visualizan, con su consiguiente rechazo social.

Otra prueba de ello son los afectados por los ERTEs y que, como consecuencia de la existencia de dos pagadores, lo retenido a cuenta es menor, y el pago por IRPF es mucho mayor. No pagan más. Se retiene menos. Pero ahora se dan cuenta de lo que pagan. Ahora no se les anestesia con el caramelo de la devolución, sino que se enfrentan a la amargura del pago.

No creo pues, ya, en la justicia social que algunos proclaman. Y no creo porque no se prioriza la eficiencia y eficacia del gasto, porque no se estimula la creación de riqueza, porque no se ayuda a quienes la crean, porque poco importa la inseguridad jurídica, porque no se replantea la eficacia de los privilegios fiscales, porque no hay intención de afrontar los agujeros negros del sistema tributario, porque no se nos dice el coste de los servicios públicos per cápita, porque no se respira justicia e igualdad.

En este contexto, es realmente difícil tener fe en un sistema tributario justo.

Antonio Durán-Sindreu Buxadé

 

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