Tomar partido

Llàtzer Moix, LA VANGUARDIA


Vivir significa tomar partido, reza un eslogan de la CUP. No lo comparto. Vivir significa tomar decisiones. Eso sí. Y mi decisión, en el presente conflicto catalán, es precisamente no tomar partido por ninguno de los dos bandos en liza. ¿Cómo iba a optar por uno u otro si ambos, con sus banderas a la greña, me están fastidiando la vida por igual?


Sospecho que a la CUP se le quedó corto el eslogan. Que lo que nos quería decir de veras era: vivir significa tomar partido por nosotros. ¿Por qué iba a hacerlo? En esa pretensión, la CUP no se diferencia mucho de sus rivales más reaccionarios. Todos querrían que tomáramos partido por ellos. El Estado trata de seducirnos con la defensa de la ley y el reparto de porrazos. El independentismo, que empezó echándonos la caña con ilusiones y pensamiento mágico, nos enamora ahora con su insensata vulneración de las normas comunes y su política del “sí o sí”, escasamente democrática. En uno y otro caso los excesos del rival parecerían justificarlo todo. Pero no es así. Esa es otra falsedad, sólo aceptable para quienes, tras tomar partido, ya renunciaron al criterio propio y delegaron sus decisiones.


Todos nos presionan. Todos nos sentimos presionados. A los ciudadanos que el 1-O acudieron a votar les presionó severamente la policía. A la policía la presionan en sus hoteles algunos independentistas, que también presionan sedes de partidos con representación parlamentaria. Y que asimismo acosan a catedráticos o a cineastas o a periodistas a los que acusan de traidores, de manipuladores y de cosas peores. A menudo sólo porque, a diferencia de otros, todavía no se han convertido a su fe. Todos nos presionan, pero pocos nos ofrecen lo que ahora es más urgente: una salida del laberinto catalán. Una salida que puede ser pactada y algo decepcionante para todos, pero que siendo así nos permitiría preservar sueños e ir recomponiendo la sociedad; o que puede ser impuesta por uno de los dos bandos y terrible para todos, hundiéndonos largo tiempo en el rencor.


Unos han tomado partido y no le ven sino virtudes a un discurso del Rey que causó decepción en Catalunya. Otros han tomado partido y aplauden a un presidente de la Generalitat que ha abandonado a la mitad de los catalanes. O a sus socios de la CUP, que ya piensan en reeducar a los burgueses. Pero algunos no hemos tomado partido y sin embargo –¡eo!– existimos. Es más, desde la posición no alineada podemos advertir que lo que se nos presenta como broche triunfal del proceso –sea la DUI o la aplicación del artículo 155– sería en realidad el puntillazo final a una convivencia hoy malherida. No tomaré partido por una cosa ni por la otra. Y menos cuando en ambos bandos hay quien falta, ya sin pudor, a la inteligencia, a la verdad y a la libertad. Y cuando incluso se falta a la propia idea de independencia, que no es una exclusiva de los soberanistas, sino una obligación personal de todos aquellos que aspiran, antes que a tomar partido, a pensar por sí mismos.


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