Sinfonía presupuestaria: canto de sirenas










ANTONIO DURÁN-SINDREU BUXADÉ

Profesor UPF y Socio Director DS


Pendientes de la partitura, ya conocemos los primeros compases de la sinfonía presupuestaria. En su primer ensayo, las notas marcadamente sociales atraen nuestra atención. Tanto, que olvidamos que la orquesta está endeudada hasta las cejas, que el sueldo de los músicos y el coste de su mantenimiento supera desde hace años el de sus ingresos, que aumentar el precio de las entradas puede tener efectos negativos en la audiencia, y que la ilusión de los melómanos está en horas bajas. ¿Y qué hacer? Pues poco, o mucho. Podemos continuar convencidos de que la orquesta es un don sobrenatural que nos trasciende, o podemos percatarnos de que no existe ningún don natural y que somos cada uno de nosotros quienes a través de nuestras aportaciones pagamos los sueldos y el mantenimiento de la orquesta. Pensar lo contrario es un espejismo. Pero claro, como el dinero lo han de pagar “los ricos”, no percibimos la magnitud del problema hasta que caemos en la cuenta de que la gran parte del pastel la pagamos siempre los mismos aunque sea de forma inconsciente. En eso, la estrategia de comunicación de la orquesta es de las mejores de Europa.


En este contexto, la primera tarea de quien tiene la máxima responsabilidad en tamaña empresa es la de procurar mantener su calidad mejorando su eficiencia y garantizando su sostenibilidad. Antes que subir el precio de las entradas más caras y de bonificar las más baratas, decisión aplaudida por quienes están convencidos de que el concierto es un derecho al que se debe acceder gratuitamente por parte de los menos favorecidos, hay que revisar con rigor los costes de la compañía. Y, al revisarlos, nos damos cuenta de que la inversión realizada en el auditorio de la ciudad es desproporcionada, que está absolutamente infrautilizado, que las desviaciones presupuestarias que al construirlo se han producido son muy relevantes y que la cerámica de lujo que recubre las amplias y majestuosas salas es de verdadero museo.

Observamos, también, que existe una bonificación del 50 % del precio de las entradas para quienes asistan a un mínimo de 10 conciertos al año, pero que nadie controla si tan sugestiva oferta ha tenido sus efectos en términos de eficacia (promover una mayor asistencia) y de eficiencia (aumentar la recaudación).


Nadie se ha preocupado tampoco de negociar la mejora de los costes por el desplazamiento de los músicos, de optimizar el mantenimiento del auditorio o el consumo eléctrico de la sala principal de conciertos, de analizar si es necesario comprar cada año 3 violines de máxima calidad, o si es imprescindible contratar a los músicos más caros del mundo, esto es, si se aplican criterios objetivos de austeridad o racionalidad en la gestión del gasto que nada tiene que ver con la calidad de los músicos y de su música.


Como lo único importante es que se hable de ella, nadie ha reparado en la duplicidad de costes que representa tener cuatro auditorios en sendas ciudades españolas que, al margen de su notoriedad, son a todas luces irrentables por la escasa asistencia de público y por su elevado coste de mantenimiento. Pero la estrategia de comunicación impone 3 audiciones al año en cada uno de ellos a pesar de que su eficacia y eficiencia en absoluto lo aconsejan. Lo importante es que se perciba la omnipresencia de la orquesta.


Nadie ha planteado hacer un riguroso plan de viabilidad que detecte los problemas estructurales que la empresa tiene y proponga las medidas que garanticen su sostenibilidad y que permita que los músicos se centren en desarrollar su potencial musical en lugar de hacerlo en la humana preocupación por su futuro inmediato y el de su familia, seriamente amenazado por la delicada situación de la compañía. Lo importante, se les dice, es dejarse llevar por la magia de la música. Bueno, para ser sinceros, en una ocasión un “iluminado” propuso un realista plan de choque cuya respuesta fue su contundente despido por parte del Consejo de la empresa integrado en su gran parte por aficionados a la música con escasa experiencia en orquestas y con muy poca preparación para una gesta de tamañas características. Su prioridad es que se hable mucho de la orquesta y de su importante función social. Su coste, poco importa.


Y así transcurre un año tras otro sin que nadie responda por sus actos porque la orquesta, me he olvidado decirlo, goza de inmunidad.


¿Les suena la música? O afrontamos la realidad, o todo lo que hagamos alarga la agonía, nos induce a un sueño imposible, y no garantiza la sostenibilidad. El primer y principal problema es de gasto: ausencia de valoración de las políticas públicas, duplicidades, falta de profesionalización, memorias económicas insuficientes, desviaciones presupuestarias, ausencia de austeridad, inexistencia de responsabilidad, y un largo etcétera cuya corrección es tan necesaria y urgente como compatible con el mantenimiento de la Sociedad del Bienestar. Sostener lo contrario, es pura demagogia.

Antes que subir impuestos o, mejor, de reformar la fiscalidad, hay pues que afrontar el problema del gasto, y si no se hace, es porque nos centramos en los réditos a corto plazo y no en el interés general del país en términos estratégicos y de sostenibilidad; enfermedad, por cierto, que ha adquirido ya la condición de epidemia. Mientras, en el segundo piso, se susurra por lo bajo que menos canto de sirenas y más conciencia de lo duro que es hoy ejercer de músico.

17 vistas