Se baja el telón



ALFREDO PASTOR

Profesor de Economía del Iese

08/05/2018 - La Vanguardia


Un turista venido de lejos suele pensar que italianos y españoles son casi lo mismo. Los de aquí sabemos que ese parecido se advierte sólo cuando se nos compara con los groenlandeses o los zapotecas, porque vistos de cerca somos muy distintos. Sin embargo, una frase del italiano Primo Levi bien podría aplicarse a la España de hoy: “Algunos se sienten avergonzados de ser italianos. El ­hecho es que tenemos buenas razones para sentirnos avergonzados, la primera de las cuales es no haber sido capaces de generar una clase política que nos represente y, por el contrario, haber tolerado (…) una que no nos representa”.


Para un observador atento, nuestra vida política ha terminado por convertirse en una representación teatral: los actores siguen un guion a menudo improvisado, plagado de golpes de efecto y de giros inesperados; en la obra no importan tanto los hechos como el partido que se pueda sacar de ellos, y las desgracias sólo se admiten y se lamentan cuando es posible echar la culpa de ellas al otro. La representación sigue su curso, pero uno piensa a veces que terminará como aquella obra que escribió Wagner en su juventud, en cuyo último acto, fallecidos todos los personajes, sólo aparecían sus espectros.


Si nuestra vida política parece hoy una obra teatral es porque lo que se debate en escena es del todo ajeno a las preocupaciones, problemas e intereses del auditorio. Los actores principales pretenden, bien actuar en nombre de un pueblo catalán inexistente para conquistar una independencia no menos quimérica, bien defender la unidad de una imagen de España que nunca ha encajado del todo con la realidad. Lo cierto es que unos y otros han abandonado toda voluntad de ocuparse del interés general, y sus sublimes palabras son el velo que cubre una lamentable pelea por conquistar algo de poder, por parte de unos, o por mantenerlo, por parte de otros. En otras circunstancias, uno optaría por levantarse del asiento y marcharse a casa.


Por desgracia, no podemos hacerlo. Los actores de esa triste función nos representan hoy en las instituciones del Estado, en Catalunya y en Madrid, y queremos defender esas instituciones y sus leyes, porque, con todos sus defectos, sabemos que son la mejor garantía de la convivencia. Recordamos cómo eran las cosas cuando la paz aparente de nuestro país se lograba a costa de la opresión de muchos, y nuestra propia historia nos ha enseñado cómo un régimen en apariencia democrático se transforma en una sangrienta anarquía cuando sus reglas no son escrupulosamente respetadas. Y hay quienes, desde una silla, hablan de demoler el Estado a la ligera. Nuestro Estado necesita un buen barrido –que puede llevarse por delante a más de uno– pero quizá no haga falta volarlo, con los riesgos que eso conlleva.


A diferencia del revolucionario, el verdadero reformador se considera parte de aquello que hay que reformar. Por eso mismo no se trata ahora de cargar en exceso las tintas sobre nuestros políticos. Si fuera posible inocularles un antídoto contra el veneno del poder resultarían no ser muy distintos del resto de los mortales. Hay que exhortarlos, eso sí, a que bajen del escenario de una vez y dejen a un lado a sus hinchas, se mezclen con el público y lleguen, a ser posible, hasta el ­gallinero. Si lo hicieran, unos seguramente dejarían de hablar del “pueblo catalán” como si este fuera una masa políticamente ho­mogénea, y otros se ocuparían menos de “defender a los suyos” y más de que los suyos fuéramos todos. Esas expresiones están bien para el teatro, pero no valen para la vida de cada día.


Sólo entonces, fuera de la escena, podría emprenderse el tan cacareado diálogo. Ambas partes deberían dejar de señalar el lado oscuro del otro –todos tenemos el nuestro– y pensar en los muchos aspectos en que unos y otros somos, no incompatibles, sino complementarios, y, por consiguiente, en los muchos asuntos que podemos abordar mejor juntos que separados. Desde luego mucho mejor que enfrentados: la historia es muestra de los buenos resultados de la cooperación, aunque pretendamos convencernos de lo contrario. Pensarán también que en el mundo de hoy, y para países como el nuestro, cooperar abre muchas más posibilidades que una independencia en gran parte ilusoria, tanto para España como para Catalunya.


La paz y una prosperidad aceptable están al alcance de nuestra mano. “Los italianos –termina Levi– poseemos virtudes que parecemos ignorar, y no nos damos cuenta de cuán escasas son esas virtudes en Europa y en el mundo”. Si la primera parte de su frase ha podido entristecernos, la segunda, igualmente aplicable a nosotros, debe infundirnos ánimos. También nosotros poseemos virtudes que solemos ignorar; ingredientes que fuera aprecian más que aquí, y que no son menos necesarios que otros, que a veces nos deslumbran, para que el guiso de Europa tenga el mejor sabor posible. La historia de España no siempre ha de terminar mal.

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