Atrapados












JOSEP ANTONI DURAN I LLEIDA

21/09/2018 - La Vanguardia


El 24 de octubre del 2013 –y pido disculpas al paciente lector por la autocita–, en una entrevista con Josep Cuní en el plató de 8tv, declaraba “sentirme atrapado” y “como yo –añadía– muchas personas de Catalunya”. Recuerdo que alguno de los periodistas tertulianos ­presentes sonrió con un cierto aire de su­perioridad e incluso de desprecio hacia lo que acababa de afirmar. ¡Ja, ja, ja…, está atrapado! Han pasado casi cinco años desde aquella fecha y no encuentro mejor expresión para diagnosticar el presente del conflicto catalán que la de “atrapados”. Los unos y los otros… y los de más allá. Más atrapados hoy que en el 2013.


Atrapados los independentistas y atrapados también quienes no lo son. Atrapados los líderes políticos catalanes sin distinción de banderas –debe exceptuarse a las CUP, que siguen libres bailando su original mambo–. Atrapados los líderes de los partidos esta­tales que, a pesar de los debates académicos sobre la autenticidad o calidad de másters y doctorados, saben que tienen en las reivin­dicaciones de Catalunya el principal problema político de España. Atrapados entre dos fuegos centenares de miles de ciudadanos y ciudadanas de Catalunya que viven con angustia el desgarro comunitario provocado por el procés y la manifiesta incapacidad de encauzar la debida respuesta política. Y atrapadas, también, muchísimas personas que desde otros rincones de España sienten dolor ante tanta insensatez en Catalunya y sobre Catalunya.


Son varios los significados del participio atrapado. No utilizo aquí la expresión de “ser atrapados”, aunque lamentablemente en algunos supuestos fuera aplicable, sino la de “quedar atrapados”. Es decir, sin salida. Sin poder moverse. Al menos sin poderse mover hacia delante (o hacia los lados). El principal problema no es que exista el conflicto, sino que esté enquistado. Se nos llevó a un callejón, del que ya se advirtió por voces –eso sí, “traidoras”– que era sin salida y que en octubre del 2017 se topó contra un muro.


Un muro que continúa existiendo y se mantiene firme. No es l’estaca corcada, por más que algunos ingenuos (perdón por el atrevimiento) crean que si unos estiran fuerte por aquí y otros por allá, “segur que tomba, tomba, tomba i ens podrem alliberar”. Una de las perfomances de la gran manifestación del pasado Onze de Setembre consistió en derribar tres fragmentos de muro que representaban al Rey, al Estado y al artículo 155. Pero, como se vio en octubre del año pasado, el muro real no es tan fácil de derribar. Y desde luego, no se derriba simplemente con un relato –por bueno y eficiente que resulte para una parte importante de la población–. Ni se derriba con la mística. El historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari, en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, afirma con acierto que “cuando los políticos empiezan a hablar en términos místicos, ¡cuidado! Podrían intentar disfrazar y jus­tificar el sufrimiento real envolviéndolo en ­palabras altisonantes incomprensibles”. Y lo expresa, precisamente, en el capítulo que titula “La vida no es un relato”.


A pesar de las dificultades, urge urdir una solución que dé salida al conflicto. No será fácil, pero los responsables políticos –todos sin excepción– deberían fijarse este objetivo como la gran prioridad. Y quienes lideran las entidades, que han demostrado capacidad de movilizar –sin parangón en otro país europeo– a centenares de miles de personas año tras año, tienen la obligación moral no sólo de no entorpecer, sino de auxiliar a los representantes políticos en tan necesaria labor. La presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, afirmaba recientemente que “hay que ser más valientes”. Mucho me temo que no interpreto bien sus palabras, pero sí es cierto, hay que ser más valientes para reconocer y asumir la realidad y sobre todo para decir la verdad.


Y no habrá salida si no hay diálogo. Como muchos, soy consciente de que la prisión preventiva acordada por el magistrado que instruye la causa no ayuda a normalizar vías de diálogo efectivo. Comparto con el ministro de Asuntos Exteriores Josep Borrell la preferencia de que los dirigentes políticos no estuvieran en prisión preventiva y estuvieran libres condicionalmente. Pero ningún dirigente democrático debería condicionar el diálogo reclamando del Gobierno decisiones que competen al poder judicial. No estamos en la franquista “unidad de poder y división de funciones”, sino en una democracia basada en la división de poderes. Como apuntaba el líder del PNV Andoni Ortuzar, hay que dialogar; siempre se debe dialogar, por malas que sean las condiciones y sin requisitos previos.


El Gobierno socialista ha dicho que el conflicto catalán sólo se puede resolver con diálogo y con la ley. Estoy de acuerdo con ambas premisas. Y quienes hablan con voluntad monopolizadora de España o de Catalunya deberían asumirlas también como propias. ¡Todos estamos atrapados! Unos y otros… y los de más allá.Todos necesitamos y merecemos salir de este laberinto. Sólo el fanatismo puede impedirlo. Y si así fuera, habrá que recordar con Voltaire que “cuando el fanatismo gangrena un cerebro, la enfermedad es casi incurable”.

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